El hombre que perdió el apellido, por Diego Samalvides

“La cultura es la suma de todas las formas de arte, de amor y de pensamiento, que, en el curso de siglos, han permitido al hombre ser menos esclavizado.”

André Malraux

Mi tío Jaime se ha ganado mi aprecio no solo por ser un gran tío, sino por su lucidez. Debo reiterar con rigor mi admiración hacia las personas cultas por su capacidad de abordar distintos temas con particular versatilidad. Considero que los hombres cultos son los imprescindibles. El resto es totalmente accesorio, reemplazable. Mi tío Jaime es de las personas con las que te puedes sentar en un café a conversar y el diálogo jamás se tornaría superficial. Pienso que las conversaciones se han desvirtuado de su esencia, pero mi tío Jaime parece defenderlas bien. Tiene una memoria prodigiosa. Parece recordar todos los mundiales, los sucesos históricos, las grandes obras. Es difícil describirlo. Trato de escribir, me atollo, vuelvo. Futbolero por excelencia. Una de las pocas personas con las que se puede hablar del fútbol de una manera plácida sin aficiones rivales que nos alejen de la esencia del deporte rey. A menudo basta escucharlo para nutrirse, como quien bebe de una fuente inagotable de sabiduría. Los años le han sentado bien. Cada palabra que pronuncia parece ser una sentencia en sí misma.

Cuando yo todavía no nacía gran parte de mi familia vivía en una casa, debido a que la mayoría había arribado a la capital a forjar sus estudios superiores. Eran tantos que hasta decidían al alcalde del distrito. Todos eran Samalvides menos mi tío Jaime que se apellidaba Meza. El vecindario se había acostumbrado a conversar con los distintos miembros de la familia Samalvides hasta que terminaron por quitarle el apellido. Mi tío Jaime era un Samalvides más. Cuando deambulaba por la calle en sus quehaceres cotidianos lo saludaban a lo lejos como un Samalvides y no como un Meza. Cuando llamaban al teléfono fijo preguntaban por la familia Samalvides. Era definitivo, el tío Jaime había perdido el apellido.

En aquella casa, apiñados, mis otros tíos, que eran menores, le hacían la vida imposible. El tío Jaime jugaba bowling hasta la madrugada, de hecho, había alcanzado campeonatos importantes para el país. Los muchachos se la arreglaban para jugarle bromas de mal gusto. El tío Jaime había dejado el cigarro cuando era joven, pero una noche, encontró uno de sus cigarros ingleses en una caja antigua y decidió prenderlo mientras el resto dormía. Cuando empezaba a fumarlo el cigarro explotó. Mi papá y otros tíos le habían colocado un pequeño explosivo. Sus bromas no eran jocosas, al contrario, ponían en riesgo el bienestar del tío Jaime que con tanta bondad los llevaba al estadio, a jugar fútbol, a distraerse. Otro día el tío Dicky, que empezaba a salir con chicas universitarias, debía de lucir bien y optó por utilizar los buzos que había adquirido el tío Jaime en sus excéntricos viajes por Sudamérica. Las novedades las traía el tío con perfumes de alta gama que, en aquellos tiempos, no era comunes en Lima. El tío Dicky era ocurrente para conquistar a sus amores fugaces de la adolescencia. Con un inyectable, a hurtadillas, le arrebataba su perfume progresivamente, y cuando estaba próximo a acabarse, el último de los tíos lo rellenaba sutilmente con una infusión. Mientras escribo pienso las moscas que podrían haber seguido por años al tío Jaime, pero era noble, comprensivo y solo mostraba una ligera sonrisa ante la picardía de aquellos muchachos.

Sin embargo, a pesar de haber perdido el apellido y sus pertenencias no era lo único que había perdido. El tío Jaime estaba condenado a ser aprista. El fanatismo de mi bisabuela por el Apra, había desembocado en su particular primer nombre: vrhdltr (Víctor Raúl Haya de la Torre). El mismo nombre que tiempo más tarde le había arrebatado la oportunidad de ser militar, debido a que el cuerpo de inteligencia del Ejército descifró su significado. El tío Jaime había perdido el apellido y quizá había sido condenado por su madre a seguir las sendas del partido hasta la muerte. No pude disfrutar a ese tío Jaime, pero en cambio tengo ahora a uno con el que puedo conversar y aprender continuamente. Sus palabras me aleccionan. Su experiencia, anécdotas, su vida misma ha sido sumamente enriquecedora para los que como yo, lo queremos. Esta situación de la pandemia hizo que recordara de este modo a mi tío Jaime, quien debe permanecer vigilante a las noticias, desde su casa. Es un hombre fantástico, fuera de serie. Totalmente sensible, aunque lo diga poco. Nocturno, soñador, esperanzado en un país que todos los días parece caerse a pedazos. Pasará la pandemia y volveremos a vernos, a reencontrarnos cálidamente. Quizá con una buena conversación y la complicidad de saber que llevamos el mismo apellido o tal vez no.

Diego Alonso Samalvides Heysen

Diego Alonso Samalvides Heysen (Lima, 01 de marzo del 2000). Periodista en formación. Autor del libro “Cuerpo de amor” bajo el sello de la editorial Summa (2020). Sus poemas han sido publicados en revistas literarias nacionales e internacionales. Obtuvo el 4to lugar en el 5to Concurso de Poesía Nacional Antenor Samaniego (2019). Ha sido considerado en la antología de poesía nacional “Yo construyo mi país con palabras” en honor al poeta Washington Delgado, editado por el Instituto Cultural Iberoamericano (España).

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